Chamanismo
Las rutas ancestrales de los antiguos caminantes del Occidente de México (2)

Sierra del Occiddente mexicano. Foto: Denis Hernández.
12
Antes de cruzar la avenida, el Antropólogo pasó su brazo alrededor de la cintura de la muchacha. Lo hizo de modo natural, consecuencia de la comida, que al final resultó suculenta y grata. Tras la ingesta de los pescados asados sobre brasas de leña michoacana; de las tostadas de carnoso ceviche, cortado en blandos y regordetes trozos, curtidos previamente al limón y al perejil. De la conversación enriquecida con la risa sexy y blanca de la fémina, y del oscuro humor del hombre, quien gustaba burlarse sobremanera de sí mismo, riendo y contemplándose ante el espejo tragicómico de su borrada autoimagen, ya desgastada y derrumbada por las vivencias y los tropezones de la vida. Luego también de los espumosos cafés capuchinos y del pastel de las tres leches, el favorito de Yhajaira, ordenados al finalizar el copioso festín.
La muchacha se sorprendió no sólo riendo, sino carcajeándose con las ocurrencias del Científico. Así que acordar ir al cine para pasar el resto de aquella tarde-noche juntos, era algo automático y fácil.
Se dejó rodear por el brazo del hombre, complacida, sintiendo un calorcito que le reconfortaba su cintura. Luego avanzaron hacia la plaza comercial donde se ubicaban las cerca de veinte salas cinematográficas.
Déjame escoger la película a mí, ¿sí….?
Le susurró la chica mientras continuaban abrazados, mirando los letreros gigantes donde se presentaban cerca de veinte opciones distintas para elegir en diversos horarios durante el resto de la tarde ya oscurecida.
Una de Tarantino estaría bien….
Lanzó el Científico sin desear presionarla, pero evidenciando que no estaba dispuesto a someterse a dos horas de tortura, aguantando un churro hollywoodense irrespirable.
Yhajaira vaciló, meditó la opción que le brindaba el hombre: Inglorious Bastards, la última película de Quentin Tarantino. Quería complacerlo, pero temía por otro lado verse abrumada por un filme hiperviolento que la haría sentirse nerviosa, incluso durante varias horas después de salir del cine. Lo pensó mucho, miró al hombre, casi aburrido por su indecisión, y decidió darle por su lado.
Yhajaira era una chica inteligente. Aunque no terminó sus estudios primarios leyó todos los libros que caían en sus manos, muchos recomendados por clientes bastante cultos, como buenas novelas, best sellers, y respetables libros de autoayuda. Conversó igualmente durante sus años de bailarina con todo tipo de hombres, de los más variados estratos sociales y niveles culturales, desde campesinos y choferes de camión hasta profesores universitarios, artistas e intelectuales. Todos cautivados por sus encantos. De todos ellos aprendió o se quedó con algo. Así que en su haber se encontraban almacenadas y concentradas un sinnúmero de experiencias propias y de otros que enriquecían su vida interiormente y la volvían a ella bastante perspicaz y aguzada. Amén de la rica experiencia y sabiduría oral transmitidas por su madrina, la bruja, durante su infancia y adolescencia. Conocía algo de cine, entre un millar de comedias rosas norteamericanas y unas cuantas de terror, tuvo la suerte de contemplar algunas buenas piezas de cine-arte y del cine clásico mundial en compañía de de sus cultos clientes. Así que Tarantino no le resultaba del todo desconocido, aunque en su interior prefería las comedias románticas.
El filme resultó ciertamente sangriento, pero a la vez divertido, incluso bastante inteligente, cosa que ella supo apreciar, pese a sus nervios.
Hacia el final de la película, el científico se acercó a su cuello perfumado y lo besó. Ella volteó su rostro mientras aparecían los créditos finales y unió su boca con la del hombre, que le resultaba insoportablemente varonil e irresistible. Se besaron con el mismo ahínco de la noche anterior. Él no logró evitar acariciar uno de sus pechos bajo la oscuridad, lo fascinó el tamaño del seno, su temperatura, consistencia y forma. Algo se anunció presuroso en su entrepierna, anhelado en todo su esplendor desde años atrás.
¡Sí, señor! Se trataba de una erección amplia, dura, voluminosa y plena, como las de antaño.
Esa noche él se encargó de llevarla hasta su apartamento en un taxi. Pidió al chofer que lo esperara mientras la acompañaba hasta su puerta en el cuarto piso de su edificio.
Ella era un ser de luz de tan contenta. Él emanaba entusiasmo por todos los poros. Quizá en ese frenesí de deseo y alegría, la sinceridad los arrastró hasta el límite de sus actos al despedirse. El Científico ya se creía enamorado. Por su parte, Yhajaira pretendía mostrar todas sus cartas desde un inicio y no esconder nada. Sus numerosas experiencias con el sexo y el amor le enseñaron que si quería que las cosas salieran bien, antes que nada debía ser lo más sincera posible.
Durante muchos años… Dijo tímidamente el Antropólogo. He tenido problemas de erección…. Y creo que por fin me estoy curando….
Ella sonrió sin ninguna malicia al escucharlo, luego pronunció, serena pero un tanto conmovida:
Yo nací con un pequeño pene, pero soy una mujer de pies a cabeza….
No lo dudo ni por un momento. Agregó el Científico.
Y se besaron en la oscuridad del pasillo.
2
La mañana volvió a transcurrir rápida y con mucha agitación, ascendiendo por interminables escaleras de roca, escalando cerros, trepando el tronco de viejos árboles, corriendo y sumergiendo los pies en charcos y riachuelos. Todo era por seguir el paso al viejo Pedro Evangelista, pero en esta ocasión no pretendía entrevistarlo ni obtener sus testimonios como chamán para redactar algún libro.
¡Ay, ya no puedo más…
Se quejó el Antropólogo.
¡Aguanta! Si quieres curarte de tu sexo tendrás que hacer lo que yo te pida.
Ordenó el anciano.
¡Ya tengo hambre y no me quedan nada de fuerzas….!
Insistió el Científico.
Parte de las prescripciones del brujo para que el Antropólogo superase su impotencia sexual, consistían en practicar bastante ejercicio todos los días y muy temprano, pese al frío y la lluvia. Así como erradicar por completo de su vida el vicio del cigarro. Según el indio, bastante de su problema de erección se debía al consumo de tabaco excesivo, mismo que minó en los últimos años el trabajo de su corazón y de su circulación sanguínea, incluyendo en su sexo y en todos los vasos que irrigaban la totalidad de su cuerpo. El Científico sabía que hasta sus ojos comenzaban a sufrir las consecuencias del daño a la circulación de su sangre, mermando su capacidad visual y poniendo en riesgo su valorada percepción de imágenes variadas, paisajes, colores y luz, a los cuales tanto amaba. La graduación requerida por sus anteojos aumentó en un tiempo relativamente corto, junto con el grosor de los cristales. Sentía tristeza al tomar de repente conciencia de cómo permitió que su salud física y espiritual se deteriorase tanto en los últimos años a causa de tonterías, decepciones y apegos que no valían la pena, también de hábitos alimenticios deplorables.
Para que su pene se irguiese de nuevo con normalidad, debía oxigenar la totalidad de sus células, echar a andar los músculos y fortificar el corazón y los pulmones. De modo que la sangre pudiese irrigar con la suficiente presión su verga, tanto como para conseguir una erección firme y poderosa, durante el tiempo adecuado y disfrutar de nueva cuenta del sexo.
Así mismo, debía abandonar casi por completo la ingesta de carne, principalmente de vaca y cerdo, también la leche y los quesos que tanto le gustaban. El exceso de grasas y proteínas animales contribuía del mismo modo, según le señalara el brujo, a la obstrucción de sus venas y arterias y al enlentecimiento de su flujo sanguíneo. En su lugar, ingerir demasiados vegetales y cereales. Dejar del todo los refrescos embotellados y cualquier tipo de alimentos procesados a los cuales Pedro Evangelista solía llamar “comida basura”. El panorama futuro en cuestión de su fascinación por la comida y el tabaco se presentaba triste. Pero todo aquello valía la pena si es que lograba que su miembro se echase a andar de nuevo. La posibilidad de estar en la intimidad con Yhajaira lo estimulaba demasiado.
Desayunaron de nueva cuenta sentados sobre rocas volcánicas arrojadas por el nacimiento del Paricutín hace casi cien años y acomodadas igual que asientos en derredor del fuego. Congregados en torno a la lata de manteca calentada con brasas de carbón que servía como estufa a la indígena purépecha, quien vendía pescados fritos, tortillas hechas a mano y diferentes guisos michoacanos. Junto a ellos se encontraban otros indígenas, campesinos, turistas curiosos de la comida michoacana y deportistas mestizos que echaban un taco de frijoles con chile y queso o un pescado frito en manteca de puerco después del ejercicio físico matinal en los linderos del Parque Nacional.
El hombre se vio obligado a comer un plato de verdolagas con jitomate, cebolla y chile serrano, también unos tacos de ensalada de nopales con cilantro y una trucha pequeña hervida al vapor. En lugar de refresco embotellado, apuró sus bocados con tragos de helada agua natural, extraída de los manantiales del parque. Su lengua y sus papilas gustativas extrañaron el estímulo fuerte, excitante y adictivo para su gusto, de la manteca enchilada y la carne con mucha sal que lo enloquecían a diario. A pesar de ello, su paladar mal educado y consentido durante toda una vida con los antojitos mantecosos y salados, comenzó a apreciar las ensaladas de vegetales crudos con tortillas y chile, y la carne blanca de pescado con poca sal y cero grasas.
(Segunda de tres partes).
*Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Actualmente vive en Colotlán, hacia el Norte de Jalisco, y labora en la Universidad de Guadalajara. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
Las rutas ancestrales de los antiguos caminantes del Occidente de México (2)

Caballo. Foto: Denis Hernández.
Todos nosotros somos seres imperfectos que vivimos en un mundo imperfecto.
Y no debemos vivir de una manera tan rígida, midiendo la longitud con una regla
y los ángulos con un transportador como si la vida fuera un depósito bancario. ¿No te parece?
Constantemente intentas que la vida se adecue a tu modo de ver las cosas.
Si no quieres acabar en un manicomio, abre tu corazón
y abandónate al curso natural de la vida.
(HARUKI MURAKAMI -Tokio Blues)
1
Luego que sus libros comenzaran a enriquecerlo y brindarle popularidad, el Antropólogo se dedicó a contratar los servicios de bailarinas, putas y sexo-servidoras a granel, a lo largo de casi seis años en todo el país. Al fin y al cabo ahora podía pagárselos.
En cada ciudad que visitaba por motivos de diversión o de trabajo, pedía a los taxistas que lo llevaran a las denominadas “zonas de tolerancia”, siempre y cuando las hubiera y fuesen seguras. Las cuales no eran más que los conglomerados donde los prostíbulos, tables-dance y bules se concentraban, junto con todas las chicas dedicadas a la “mala vida”. O solicitaba los números telefónicos de las casas de citas más notables y prestigiosas, para pedir que le enviaran a su habitación de hotel por lo menos una o dos de sus mejores modelos femeninas.
Una vez encontrándose con ellas en la privacidad de las habitaciones de hotel, se precipitaba sobre aquellos cuerpos, no en pocas ocasiones esculpidos artificialmente bajo el bisturí del cirujano plástico. Arrancándoles la ropa, chupándoles y mordiéndoles los senos con voracidad, sin ningún ritual de cortejo ni seducción previa. Las penetraba sin pensarlo, rápido y desesperado, apenas calzándose el obligatorio preservativo que las pirujas le exigían utilizar por encima de cualquier cosa. Y fornicaba con ellas, mordisqueándoles las bubis implantadas, apretándoles los glúteos hasta lastimarlas y marcarles la piel, introduciéndoles presuroso el dedo anular por entre los voluminosos culos, y convulsionándose como maquina sodomizadora, sobre las caderas de aquellas mujeres hasta eyacular sin variación.
En poco más de la mitad de una década, mientras tuviese el dinero para contratar aquellos lujosos servicios, se acostó con centenares de mujeres bellas y anónimas a quienes pagó fortunas de dinero y regaló con espléndidos obsequios. Gastándose buena cantidad de las ganancias producidas por sus libros.
Le sorprendía a él mismo cómo cambió su vida. Comenzó siendo un muchacho nacido en la comunidad de Colotlán, ubicada al Norte del estado de Jalisco, un pueblo bastante lejano de la capital. Afanándose desde niño en la biblioteca municipal leyendo cada libro de historia y de ciencias sociales caído en sus manos, puesto que no contaba con ningún dinero para comprarse todos los textos que le fascinaron en su adolescencia.
En aquel salón húmedo y solitario de Colotlán, donde se empolvaban los cientos de volúmenes de humanidades que leyó en totalidad, descubrió Visión de los Vencidos, de León Portilla, el Chilam Balam y el Libro del Consejo, mejor conocido como el Popol Vuh. Tenía quince años de edad cuando se embebió con estos libros y decidió consagrarse para siempre al estudio de las culturas precolombinas. Siendo muy pobre, huérfano de padre y madre, criado por un tío campesino quien le transmitió férrea disciplina en todo lo que emprendiese, logró conseguir una beca proveniente de fondos internacionales. Hábil como era para los idiomas desde muy joven, logró dominar el inglés traduciendo canciones de Mick Jagger, Freddy Mercury y Carol King, y repitiendo en voz alta las lecciones provenientes de unos anacrónicos acetatos de los años cincuentas para enseñar el idioma de John Lennon y Jim Morrison; sus ídolos. Era el inicio de su incursión en las lenguas: más tarde lograría dominar el náhuatl, el huichol y el alemán, estudiándolos autodidactamente. La primera carta que redactó en inglés la dirigió a la fundación de Henry Ford, solicitando apoyo para poder marcharse de Colotlán tras finalizar el bachillerato y dirigirse a la ciudad de México a estudiar antropología. Su inglés surtiría el efecto deseado, porque a los dos meses recibiría otra, redactada en la misma lengua, como respuesta positiva a su petición.
Luego sus años de estudiante del Instituto Nacional de Antropología, en la Ciudad de México. Su retorno al Occidente del país cuatro años más tarde para estudiar la maestría en historia en la ciudad de Zacatecas.
Empero, a pesar de su gran facilidad para el dominio de las ciencias humanas y los idiomas, siempre padeció una severa timidez e incapacidad para relacionarse con las mujeres. Hasta antes de que su primer libro, Las Rutas Ancestrales de los Antiguos Caminantes le proporcionase un éxito económico inesperado, nunca tuvo novia, ni jamás se acostó con mujer alguna. Con los primeros ingresos por las regalías de su texto, se dirigió a una casa de citas de la Colonia Roma en México y perdió su virginidad a manos de una rubia de gigantescos pechos, quien se metió desnuda con él en una tina de hidromasaje, desvirgándole su miembro de un sentón, no sin antes habérselo acariciado largamente bajo el agua burbujeante, haciéndolo eyacular en menos de lo que canta un gallo.
Aquella vida excitante, plena de sexo, tabaco, la infaltable mariguana que también le encantaba, y de mujeres quienes representaban cada vez rostros novedosos y cuerpos tentadores que gozar, terminó una noche en la ciudad de Monterrey.
Había ido hasta aquella ciudad en el extremo norte de su país, exclusivamente para asistir a un concierto de una de sus bandas de rock predilectas: Pearl Jam. A quienes quizá nunca más tendría ocasión de escuchar en vivo, por sus escasas visitas a México, además de los problemas legales del vocalista de la banda con las empresas internacionales distribuidoras de tickets.
Previamente, el Científico se informó del número de la casa de citas más prestigiosa de la ciudad regia, cargó con sendas cajetillas de cigarros y contrató a una chica alta, culona y de enormes senos. Tal como las prefería: bastante dotadas por detrás y por delante.
Pidió a la muchacha que lo acompañase al concierto y pagó también por su boleto. Esa noche estaba feliz, escuchó la voz poderosa de Eddie Vedder y a su banda, se rió bastante, fumó casi dos cajas de cigarros en cuatro horas, bebió cinco tequilas, manoseó, abrazó y besó a la bella desconocida, a quien prometió buena propina a cambio de acompañarlo al concierto y luego irse a la habitación a realizar lo suyo.
Sin embargo, una vez en el cuarto del hotel, su miembro se negó por completo a realizar la familiar erección. Se quedó, empequeñecido y tímido, recogido junto con la rugosa bolsa del escroto. Jamás le ocurrió cosa parecida, hasta antes de aquel incidente en la ciudad de Monterrey, bastaba el aroma del perfume de las putas, o una ojeada a los ostentosos escotes que lo enloquecían, para que su verga se irguiese, gruesa como tronco, presta para penetrar un cuerpo nuevo, tibio y perfumado.
Pero esta vez no ocurrió así. El Antropólogo se quedó recostado, contrariado y confundido sobre la cama de hotel. Invadido de ansiedad y angustia. Con su pene achicado y tímido. La bella mujer le dijo que no se preocupara, que en ocasiones ocurría de tal manera. Recogió su propina y se marchó, dejándolo solo y deprimido.
Algunos intentos con otras mujeres más, pero su miembro se negó a responderle. No lograría acostarse con mujer alguna desde entonces. Comenzaría un negro pero ilustrativo episodio de su vida, en el que se refugiaría en el alcohol y el tabaco, dejaría de caminar como solía hacerlo, recorriendo las antiguas rutas indígenas, y subiría bastante de peso, consolándose al visitar restaurantes, taquerías y pescaderías. Perdiendo el entusiasmo por las rutas indígenas, las caminatas y los viajes en la Sierra con la finalidad de entrevistar a algún informante. Devorando cada vez nuevos platillos, engullendo comida con el mismo entusiasmo que en otros tiempos recorriera prostíbulos, bules y casas de citas.
También leyó mucho. En esos años de impotencia sexual y abstinencia forzada, leyó sin parar, hasta dos o tres libros por semana. Repasó los clásicos de la antropología que estudiara durante su licenciatura, releyéndolos; aprendió portugués por su cuenta, estudiando con unos discos compactos e incursionó en el psicoanálisis, pretendía asimilar parte de su método para incorporarlo a su trabajo antropológico. Devoró muchos textos de historia de México, obteniendo bastante placer con la trilogía de La Cristiada, escrita por Jean Meyer.
Y descubrió la literatura. En aquella época de estados de ánimo grises, temores, depresiones y tristezas, leyó de principio a fin numerosas novelas y libros de cuentos. Se fascinó con Juan Rulfo y Agustín Yáñez, identificándose bastante con las obras de ambos autores, jaliscienses igual que él. Paulatinamente fue incorporando un enfoque crecientemente literario a sus trabajos antropológicos. Aunque intuitivamente, desde su primer libro ya se había acercado al género de la novela antropológica.
Escuchó alguna vez que San Agustín se volvió un erudito después que la impotencia sexual se apoderara de su miembro, tras décadas de orgías y sexo desenfrenado. De algún modo se explicaba a sí mismo su situación, comparando su vida con la de un monje del medioevo, igual que Agustín de Hipona. Se consolaba pensando que en delante, su existencia, a pesar de contar apenas con 32 años, estaría consagrada a la lectura, la escritura y la investigación. Nada más de sexo. Aunque en ocasiones, como la noche anterior en Uruapan, se escapaba ocasionalmente a algún congal para admirar a las encueradas, recordando sus grandes épocas de placer carnal.
La noche del Manantial con Yhajaira era la primera vez en cerca de cuatro años que de manera natural se erguía su miembro. La primera erección en años. Por ello, además del atractivo inusual que le despertaba la bailarina guerrerense, es que decidió buscarla, para averiguar si era posible volver a acostarse y estarcon alguna mujer de nueva cuenta.
(PRIMERA DE TRES PARTES).
*Carlos Filiberto Cuellar. (Guadalajara, México, 1976). Es escritor y psicólogo. Actualmente vive en Colotlán, hacia el Norte de Jalisco, y labora en la Universidad de Guadalajara. Sus novelas: Tristísima (Deauno.com, 2008) e Histérica y Adorada: Cuentos de Psicoanálisis en México (Deauno.com, 2007), además del libro de testimonios: Hombres de a Pie: Dos Chamanes del Occidente Mexicano, pueden ser consultadas en la página electrónica: www.amazon.com Su correo personal es: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla
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