Sábado Septiembre de 04 de 2010
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El genio de la botella

Teporochito. Foto: Denis Hernández.

Teporochito. Foto: Denis Hernández.

A veces, su comportamiento es amable, un caballero; otras, una bestia. Puede parecer impredecible para quienes no lo conocen. Para otros, completamente  predecible. Su estado natural son menos de tres sentidos. Su estado ideal, la inconsciencia. No es una búsqueda imperiosa para sumergirse en las cavernas de los comportamientos primitivos; se dan también de manera natural.  Un día puede estar en los linderos de la cordura y en un instante, aquel personaje en borrador se convierte en un garabato.

Todo el poder lo tiene el genio de la botella.  Su mano temblorosa, casi a punto de soltar el vaso desechable se pasea titubeante al acercarse al cuello por donde escurre el líquido para recibir un poco de carburante y funcionar unas horas sin temblar. Al introducirse el ansiado elixir en su organismo sucede una mágica transformación. Su cuerpo se yergue, su voz cambia, parece un cadáver recuperado de su último aliento. Martín se convirtió desde hace tiempo en un vasallo del alcohol. Obedece como un monstruo de nobleza a las más extremas dictaduras, a los tratos más indignantes.

Como aquella vez en que desesperado le chupó los cojones a otro que sin tomar alcohol hacía peores barbaridades. No fue un espectáculo de las calles más bajas, sino la muestra clara de una sumisión completa. Al terminar de relamer en la entrepierna en el oprobio para el peor de los crápulas más ruines, Martín recobró su compostura en un solo trago y con la misma botella que se empinaba, se la partió en la sien al sonriente erótico cuando se doblaba para subirse el pantalón. Nadie dijo nada, salvo Martín, que se lamentó de haber desperdiciado medio litro de mezcal corriente.

No había peores anécdotas, tampoco mejores. Martín funcionaba sin creencias ni valores. A las cuatro de la mañana, cuando había llovido sin parar durante un mes completo, la resaca lo levantó como resucitar a un muerto. Se encaminó titiritando como despavorido, a grito abierto, como un niño. Buscaba dónde esconderse de los demonios que venían para llevárselo al último de los infiernos. No sería el primero ni el último de sus espectaculares delirios. No mientras tuviera más alcohol que tomar. Eso sí, solo alcohol, no era ningún adicto corriente para meterse chingaderas a su cuerpo. Jamás llegaría tan bajo.

No recordaba cuándo comenzó a beber. Realmente no importaba, nadie sabía más allá de su nombre de pila. Su historia estaba escrita en los escándalos callejeros y su obra en permanecer algunas horas sin bebida. Fue aquel mal día en el que por cumplir a las peticiones de su amor platónico que permaneciera una semana sin tomar  y demostrarle a Susana, el encanto del barrio, que el amor transforma al peor de los rufianes. Martín había encontrado su vacío estéril en la abstinencia. Su desilusión de no fue permanecer un día completo sin tomar, sino que no había nada en él que valiera la pena para ofrecer aunque sea por broma.

Después de su agotador esfuerzo comenzó a vomitar sangre. En un inusual lenguaje que desconcertó al más cuerdo de sus acompañantes al nosocomio. Martín pidió, como una súplica, que ese momento era ideal para morir. No tendría, por el resto de su vida, ningún mejor momento. Por unas horas tuvo una ilusión para vivir. Dijo, entre los borbotones de sangre que salían de su boca, que por un momento entendía a los poetas, los músicos, a todos aquellos que hablan desde su corazón. Sabido estaba, por demás, que Susi, como él le decía, que a sus espaldas se reía.  Lo entendió antes que ella y mejor también. Aún así, remató diciendo a los médicos que ya lo daban por muerto, que no habría tiempo suficiente para agradecer la pequeña flama que encendió su corazón. Sentenció, por último, que solo por ese instante había valido la pena vivir.

A los días, regresó Martín. Se escurrió entre las calles con un silencio que más bien parecía un mal presagio. Quién sabe de dónde consiguió una botella de vino fino y a la luz de la luna, en la soledad donde se intima con el alma, se tomó su vino y se dejó morir. Cuando encontraron su cuerpo tieso, mordisqueado por las ratas del lote baldío, se dibujaba con claridad inconfundible una sonrisa de paz. Tal vez, se murmuraba en el velorio, que murió feliz, sin dolor ni atropellado, porque su deseo fue concedido por el genio de la botella.

CAPA Centro “Nueva Vida”

Tlajomulco de Zúñiga

Raúl Rosete R.

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